Lo primero que me llamó la atención en aquella olla de casi cien metros de diámetro fue una gran cruz blanca, pintada entre el negro de la ceniza volcánica y los verdes y acres del resto de la caldera de «Montaña Roja».

    En una rápida inspección ocular -y todavía desde mi obligado observatorio, en lo más alto de una de las paredes del cráter- verifiqué la ausencia total de actividad volcánica. Ni gases, ni grietas humeantes…

    Algo que, por supuesto, cualquiera hubiera dado por sentado. Pero bueno era comprobarlo…

    El cráter estaba desierto. Y, por un momento, aquel fortísimo viento que soplaba en la cumbre del volcán me devolvió a la realidad. Eran rachas del Este. A veces frías, pero siempre densas y poderosas. Tan fuertes, que silbaban entre los recovecos de la lava petrificada.

    Si aquel viento castigaba el fondo de la caldera con la misma violencia, mi estancia en el cráter podía complicarse sensiblemente.

    Y puesto que sólo había una forma de comprobarlo, inicié el descenso con paso lento. Pronto dejé atrás los lastrones y grandes rocas que se acumulaban en la pared. Y me encontré en mitad de la suave explanada que forma la base de la caldera. Allí, el terreno era blando. Formado básicamente por una ceniza ligera, entre la que crecía una retama esquelética y reseca, así como algunos arbustos enanos, blanqueados por aquel sol de hierro y a los que los naturales de Lanzarote denominan «ahulagas».

    Me alegró encontrarlos. Las noches en aquellos parajes -y con más razón a casi 400 metros de altitud- son duras. Esta madera, fácil de quebrar, me proporcionaría el calor necesario.

     

    El principal motivo de mi desazón -el fuerte viento­ había desaparecido. Al menos, en el centro del cráter. Allí, la calma era total. Y aunque supuse que las paredes del volcán defendían el fondo de la depresión de las tormentas de arena, así como de los vientos «surestados», me dirigí de nuevo a lo alto de una de estas paredes, esta vez hacia el extremo opuesto por donde había alcanzado la cumbre de «Montaña Roja».

     

    Al asomar sobre las rocas apareció ante mí, en dirección Este, la desgastada cadena montañosa de Los Morros, con sus lomas blancas y rojas. Allí, como en cualquier punto de la boca del cráter, las rachas de viento se hacían insoportables.

     

    Regresé hasta el centro de la caldera e intenté determinar el rincón idóneo donde poder plantar mi modesto campamento. Al pie de la pared sudoriental se acumulaba un nutrido volumen de rocas de pequeño y mediano tamaño. Quizá pudiera hacer con ellas una especie de parapeto…

     

    Y, cargando de nuevo los víveres y el material fotográfico, me dirigí al punto elegido.

     

    Con el mismo entusiasmo de un niño que juega a construir una cabaña, así me afané en mi primera tarea dentro del cráter.

     

    Un par de horas más tarde, con el rostro sudoroso y las ropas definitivamente descoloridas por el polvo y la ceniza, retrocedí unos pasos y contemplé «mi obra». No pude evitar la risa. La verdad es que mi porvenir como arquitecto dejaba mucho que desear…

    Lo más probable es que si el viento que acuchillaba la lava en lo más alto de las paredes del volcán hacía la más mínima incursión a mis recién estrenados dominios, aquel semicírculo de piedra de un metro de altura se vendría abajo con toda seguridad.

    Pero era mi obra. Y me sentí contento.

    La tarde empezaba ya a escapar, con el viento, hacia el tablero azul del Atlántico. Debía apresurarme.

    Y, tras colocar las provisiones en el interior del semicírculo, hice un rápido inventario del material que había encerrado en la bolsa de las cámaras.

    La verdad es que el recuento fue más que breve: unos prismáticos Yashica de 10×50, inseparables en mis correrías tras los OVNIS; una linterna especialmente diseñada por una casa especializada de Vitoria y cuyo alcance -sin dispersión- linda los dos kilómetros, y un grueso cuardeno de notas.

    Y como primera medida -habitual ya en mí- colgué del cuello una de las cámaras Nikkormat, con un teleobjetivo de 200 milímetros.

          Uno nunca sabe cuándo pueden aparecer estas naves… La experiencia me había enseñado a no alejarme demasiado de las cámaras fotográficas. En más de una ocasión había visto pasar ante mí estos objetos cuando me encontraba «desnudo»: sin las cámaras…

    Y de pronto recordé que no había hecho acopio de leña. Éste debía ser el siguiente y uno de los más importantes trabajos de aquella primera jornada.

    Puesto que el sol necesitaba todavía de algo más de una hora para ocultarse, me encaminé hacia la zona más alejada del «campamento». Si debía pasar varias noches en aquella caldera, lo más racional era empezar por consumir los arbustos más alejados. En caso de cansancio o de cualquier contrariedad, siempre resultaría más cómodo llegar hasta la leña colindante con el campamento.

    Antes de empezar a cargar los palos blancos y resecos, me detuve frente a la gran cruz que -evidentemente- alguien había pintado en el centro de la explanada.

     

    Al tocarla me di cuenta de que se trataba de cal. Los dos grandes trazos, de unos 30 a 40 centímetros de anchura por otros cuatro metros de longitud, habían sido dibujados sobre la ceniza negra de la caldera.

    Pero ¿por quién y para qué?

    Mi primer pensamiento fue asociar la cruz con una señal hecha para que alguien pudiera verla desde el aire.

     

    Podía ser algún tipo de balizamiento para paracaidistas o ejercicios de tiro.

    «¿Ejercicios de tiro?»

    «¡Ay, Dios! ¡Mira que si me encuentro en pleno polígono de bombardeo o de lanzamiento de misiles!»

    Y retrocedí con espanto.

    «Ante mis ojos apareció una gran cruz blanca…» (Foto: J. J. Benítez.)

    Instintivamente miré a mi alrededor. Pero no pude descubrir una sola señal de bombas, cráteres o los clásicos embudos que originan los proyectiles al estallar en tierra. La explanada de la caldera era perfectamente llana y compacta. Estaba claro que aquel volcán no había sido escenario -al menos reciente- de este tipo de ejercicios de fuego o bombardeo. Eso era lo que yo creía…

    Pero, entonces, ¿qué significaba la cruz?

    El comandante Gárate me había asegurado que en aquella parte de la isla de Lanzarote no existía señal óptica alguna que sirviera de orientación a los pilotos.

     

    Por otra parte, los trazos, a base de cal, eran obra humana. Eso saltaba a la vista.

    Y tras algunos segundos de inútil reflexión, seguí hacia el extremo de la caldera y comencé a arrancar cuantos arbustos de «ahulaga» y retama quedaron a mi alcance.

    Cuando consideré que la carga era suficiente, me refugié en el semicírculo de piedra, disponiendo otras pequeñas rocas en el interior del propio «campamento» a manera de hogar.

    Alli encendería una hoguera en cuanto las tinieblas cayeran sobre el cráter de «Montaña Roja».

    Y acomodándome como pude, tomé mi cuaderno de notas e inicié el relato de aquel agitado 14 de junio de 1978.

    Muy lentamente, el volcán llamado «Montaña Roja» quedó sumido en la más negra oscuridad…

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