Mi corazón se aceleró al tomar tierra en Arrecife de Lanzarote.

     

    Tras algunas averiguaciones con los mecánicos de tierra y con el oficial de tráfico, me dirigí hacia la localidad de Yaiza, al pie de las Montañas de Fuego de Timanfaya. Seguía dispuesto a permanecer varios días en la soledad del cráter, en espera de un posible descenso o aparición de los OVNIS. Y aunque el tiempo previsto de permanencia en la caldera de «Montaña Roja» no era excesivo, sí necesitaba reunir algunas provisiones, así como, al menos, un saco de dormir.

     

    Pero la noche terminó por cerrarme el paso. Y las ancianas y rojizas jorobas de los treinta cráteres del Parque Nacional de Timanfaya desaparecieron.

    Mi descanso en Yaiza fue breve.

    Con las primeras luces, y como tengo por costumbre en mis viajes, me adentré en las encaladas calles de la población. Y pronto tomé posiciones ante una renegrida mesa de madera de draga de una no menos oscura cantina.

     

    La señora del lugar no tardó en extender ante mí un generoso plato de huevos con tocino, amparado por el inseparable gofio, el picante mojo y algunas lonchas de queso de cabra que rebosaban los límites de la bandeja.

     

    Y para regar aquel desayuno -digno de un miliciano de Juan Bethencourt-, una jarra de dorado vino de malvasía.

     

    Era consciente de que aquélla iba a ser la última comida con un mínimo de dignidad y consistencia.

     

    Y traté de aprovecharla.

    Allí mismo, al amor del último cigarro, me informé del lugar más apropiado donde hacer acopio de algunos víveres. Y el ama me señaló el bar de Salvadora, a orillas mismo de Playa Blanca, frente a la isla de Lobos.

    Al poco me encontraba de nuevo en la serpenteante ruta que cruza la Hoya, en dirección a las costas del Sur.

    Me sentí feliz -casi como un niño- al reconocer el negro vivo del «malpaís», ese misterioso «musgo» que cubre los casi 200 kilómetros cuadrados de lava relampagueante de la zona. Un mundo mágico. Hechizado, diría yo, por los ojos amarillos y rojos de más de veinte volcanes apagados en los que sólo se mueven gaviotas y escorpiones.

    E, intencionadamente, reduje la marcha de mi automóvil. Y fui descubriendo, a cada curva, las formas esqueléticas, nervudas y kafkianas de la escoria y lapillis apelmazados. Casi como interminables manos resecas asidas a la tierra…

    Y a la derecha de la carretera, el mosaico blanco de las salinas de Janubio.

     

         No tardé en divisar el pequeño caserío de Playa Blanca. Allí, con la piedra pómez de la isla de Lobos al fondo, conocí Casa Salvadora.

    El propietario, no sin cierta extrañeza, fue reuniendo algunas viandas que le pedí: varias tabletas de pasas. Dátiles hasta llenar una fiambrera de poco más de medio litro de capacidad. Y cinco botellas de café negro, sin azúcar.

    Algunos de los vecinos que apuraban su sed en la cantina siguieron las idas y venidas del capataz con tanto interés como curiosidad. Pero ninguno llegó a preguntar la razón de aquel insólito acopio de víveres. Y en el fondo agradecí este gesto de prudencia. Deseaba llevar a cabo la experiencia en la más absoluta de las reservas. Al hecho -excitante en sí- de la espera en «Montaña Roja» quería añadir otra realidad no menos fascinante, al menos para mí. Quería conocer y anotar hasta las más nimias reacciones de una persona sometida -aunque sólo fuera por tres o cuatro días- a una soledad absoluta.

    ¿Sería capaz de soportado? ¿Cómo reaccionaría mi mente? Y, sobre todo, ¿cómo me comportaría en el fondo de la caldera, atornillando mi organismo con un severo ayuno?

    Estas incógnitas habían excitado considerablemente mi ánimo. Ardía en deseos de iniciar el camino hacia el cráter.

    Una de las condiciones básicas para la ejecución de este proyecto era guardar el más completo mutismo respecto al lugar exacto donde pensaba instalarme. Tan sólo el comandante de Iberia lo conocía. Pero en mi precipitada salida de Bilbao había olvidado avisar a Rafa Gárate. Y el piloto no tenía conocimiento en aquellos momentos de mi inminente llegada a «Montaña Roja».

    Ni siquiera Raquel sabía el nombre del cráter, ni su posición. Y puesto que la isla de Lanzarote reúne más de 300 volcanes, habría resultado agotadora una supuesta labor de búsqueda.

    Sin embargo, esta circunstancia, lejos de preocuparme, me hacía vibrar con mayor intensidad. Y psicológicamente me colocaba en una posición óptima, de cara a un auténtico y descarnado enfrentamiento conmigo mismo y con lo que pudiera suceder en la cima del volcán.

    Una vez abandonada Playa Blanca, la incomunicación sería total.

    Pero quedaba por resolver el problema del saco de dormir. Mientras el dueño de Casa Salvadora remataba los preparativos, me dirigí al centro de la aldea, en busca de algunas mantas con las que poder sustituir el ya ilocalizable saco.

    No fue difícil la compra. Y la Providencia me obsequió también con el hallazgo de un pequeño colmado, en el que adquirí una caja de galletas y abundante tabaco negro.

    Y con aquel «tesoro» regresé a la playa, donde el voluntarioso propietario de Casa Salvadora me ayudó a extender las provisiones sobre las mantas. Una vez formado el hatillo, me despedí del paisano y deposité la preciada carga en el maletero del 124.

    Según el mapa, debía dirigirme hasta el faro de Pechiguera. Allí moría la pista. Después emprendería la ascensión.

    El sol ardía ya en pleno cenit cuando detuve mi automóvil a la sombra de un desconchado faro.

    Tanto la torre como los negros acantilados de la costa de Rubicón permanecían desolados. Desiertos. El faro, con la llegada del progreso, había perdido a sus moradores. Y, con ellos, el calor y el color de los sentimientos. Ahora todo lo hacía una célula fotoeléctrica.

    Busqué una sombra y allí -al pie de aquel «huérfano» de veinte metros- traté de ordenar mis ideas.

    Frente a mí, y si los mapas no mentían, se levantaba «Montaña Roja». Pero, ¿por qué la denominarían así? En realidad, sus escarpadas laderas eran grises.

    El volcán, contemplado desde su base, guardaba todavía la planta airosa y gallarda de los jóvenes hijos del Timanfaya, que hicieron erupción en pleno siglo XVIII. Yo había leído que, allá por los años 1730 al 1736, esta parte de la isla sufrió una violenta conmoción, y once de los caseríos que salpicaban la vega fueron sepultados bajo la lava, que terminó en el mar entre columnas de vapor y espantosas cataratas de fuego casi sólido. Y de aquel apocalipsis nació una treintena de bocas humeantes que, lentamente, fueron muriendo. Y «Montaña Roja», precisamente, era una de esas calderas.

    Mientras revisaba mi inseparable bolsa de las cámaras fotográficas, me asaltó un súbito deseo de deserción. «¿Por qué no? -me pregunté-. ¿Por qué no dejarlo todo y regresar? ¿Por qué someterme a la incomodidad y a lo desconocido?»

     

    Me puse en pie y, casi con violencia, cargué la bolsa sobre mi hombro derecho, haciendo otro tanto con el hato donde había agrupado los víveres y el café. Pero lo hice con tan mala fortuna, que una de las botellas -a pesar de la protección de las mantas- me golpeó en el costado izquierdo.

     

    El dolor terminó por despejar las dudas. Y a grandes zancadas, con prisas, me dirigí hacia el Norte, tratando de rodear la base del gran cono, con el único objetivo de hallar una senda menos agria.

     

    A los veinte minutos de caminata, sorteando las grietas basálticas y los remolinos de lava negra, mi cuerpo sudaba ya por los cuatro costados.

     

    Pronto me convencí de que era inútil la búsqueda de una pendiente menos abrupta. Las paredes de «Montaña Roja» están formadas por largas costras de material volcánico, y el resto, por escoria muy granulada, que brillaba al sol.

     

    Y tras una profunda inspiración, opté por iniciar el ascenso. Si alguien me hubiera visto subir por aquella ruda pendiente, cargado como un porteador tibetano, lo más probable es que se hubiese santiguado.

     

    Pero, excepción hecha de las gaviotas, que saltaban entre los arrecifes, en un largo radio de terreno no se divisaba ser humano alguno. Por otra parte, ¿quién iba a aventurarse en pleno junio en semejante incursión?

     

    Al cuarto de hora tuve que soltar los bultos: Aquello era excesivo. Y aunque me urgía llegar lo antes posible a la boca de la caldera, los descansos tuvieron que prodigarse, conforme la pendiente se hacía más afilada.

     

    Mientras contemplaba el incierto perfil de la cumbre del volcán, yo, que no creo en la casualidad, me pregunté por enésima vez qué diablos hacía en «Montaña Roja». ¿Quién me estaba empujando a llegar a la caldera? Y, sobre todo, ¿para qué? ¿Qué iba a suceder allí arriba?

     

    Estas interrogantes entraban y salían de mi cerebro sin orden ni concierto. Sólo cuando mis botas resbalaban en los torrentes de escoria, haciéndome perder parte del terreno ganado, mi corazón y mi voluntad se hacían dedos -yo pienso que garras- tratando de evitar una caída que hubiera sido mortal.

     

    En más de una ocasión, y en pleno alud de escoria, me vi obligado a dejarme caer de bruces, hundiendo hasta las pestañas en la achicharrante escoria.

     

    Una hora después de iniciado el ascenso, con los huesos molidos y el ánimo tan entrecortado como mi resuello, alcancé la cumbre.

     

    Y el latir de mi corazón se hizo más vivo cuando mis ojos se clavaron en el fondo del cráter.

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